Firma invitada: Cayetana Pérez
Como cada 22 de noviembre, se celebra Santa Cecilia, patrona de la música. Cecilia, el nombre de aquella cantante que cuando hablaba, transmitía fragilidad, pero que sin embargo, gozaba de unas fuertes convicciones e ideas, muy críticas con el sistema establecido por aquel entonces. Lástima que la carretera se llevara tan pronto a aquella joven en una madrugada de agosto, pues le quedó mucho y bueno por aportar.
Tal día como hoy unos años antes de la nuerte de Cecilia, los beatles publicaban su segundo trabajo de estudio. Para mi, los beatles, siempre van de la mano de nuestra firma invitada. Gracias a ella aprendí a argumentar en el mano a mano que teníamos en casa, mi preferencia frente a mi hermano y mi padre, que se decantaban más por “sus satánicas majestades”.
Cayetana como el que aquí junta letras, le tiene respeto a eso de publicar un libro; pues te digo una cosa querida, y tu que trabajas de correctora en una de mis bibliotecas de cabecera, lo sabes mejor que yo. Con la cantidad de mierda que se encuentra autopublicada en sitios como Amazon, estoy seguro, que si te pusieras, sacarías una historia de la que sus lectores, no se olvidarían de ella en mucho tiempo. Y para muestra, este texto que nos traslada a un pueblo del sur de la provincia de Sevilla, con la sierra de Cádiz y el latifundio de Jerez al fondo. La música y el legado de los abuelos, que mezcla tan bonita.
La primera vez que oí la palabra «corchea» no fue en clase de música, ni en Solfeo, ahora llamado Lenguaje Musical. El escenario era bien distinto. Era muy pequeña, debía de tener unos cuatro o cinco años. Mi hermano y yo nos encontrábamos en casa de los abuelos maternos, sentados a la mesa camilla de aquel inmenso salón. Mi abuelo, de vez en cuando, removía el cisco del brasero, y mientras, iba explicando a mi hermano unas cosas que a mí me sonaban a chino, y que, por mucho que me pusiera en modo esponja, muy quieta y con los oídos bien abiertos, no conseguía absorber. Corchea. ?Qué era eso? ?Sería un juego? A lo mejor las fichas eran de corcho, y serían blancas y negras… ?Pero por qué mi abuelo cantaba la escala? Era lo único que entendía, porque la había aprendido en su día, tal vez mi mismo abuelo me la enseñó.
Frustrada por no entender nada de aquel extraño juego, decidí pasar del tema y jugar a algo más familiar: a las cocinitas.
Tuvieron que pasar unos años hasta que volví a toparme con la palabreja, corchea. Estudiaba solfeo en el colegio de la ONCE de Sevilla, y aprendía el nombre y el valor de cada figura. Se me iluminó la cara con el fogonazo de aquel lejano recuerdo. Mi abuelo tenía que saberlo. Tenía que saber que yo ya sabía.
Y se lo conté, como si hubiese hecho el descubrimiento del siglo, y él, entonces, me enseñó los compases, a medir con la mano mientras canturreaba notas. Todo me iba cuadrando. !Aquello era lo que le explicaba a mi hermano hacía cuatro años! Entonces,… ?mi abuelo sabía leer música? Aquel lenguaje que solo él y yo entendíamos nos unió mucho más. Me hablaba de cuando tocaba el clarinete en la banda San Salvador de mi pueblo, Las Cabezas. También sabía tocar la trompeta, y yo, muy quieta y con los oídos bien abiertos, me empapaba de sus historias.
Algunos hemos heredado su amor por la música, y dicen, el don. Mi primo, yo, y un muchachote que tiene más cuerpo que años: mi sobrino Javier, que empezó con el piano y ahora toca la corneta en una banda de música.
Feliz día a los músicos y amantes de la música, a los que formáis y habéis formado parte de mi vida y mi aprendizaje, y a don Romualdo Fernández Rodríguez, mi abuelo, por plantar la semilla.
Que lo que la música nos ha unido a Cayetana y a mi, no lo separen nada ni nadie. Que grande eres amiga Cayetana Pérez.
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